Terror a toda velocidad

El 11 de septiembre es una fecha que nos permite revisar los conceptos dominantes de la cultura y de los tiempos que corren. La realidad se transforma a ritmo diario y lo que una mañana es presentado por los medios como una verdad irrefutable a la tarde se cubre de sospecha y en la madrugada se convierte en montaje.

Un vértigo enloquecedor, que se sostiene en la saturación informativa. No importa la veracidad de una noticia, importa el número de veces que es vista, leída o escuchada. Importan la cantidad de impactos efectuados en el córtex de la ciudadanía.

La indefensión ante este abrumador cerco informativo produce sentidos comunes, produce una forma de ver el mundo, de comprenderlo y de valorarlo. Es en ese campo más empírico donde la manipulación se convierte en siniestra.

Naomi Klein desarrolla su teoría de la Doctrina del Shock midiendo el alcance de este fenómeno. Ella sostiene que en estado de shock, las víctimas están preparadas para aceptar lo inaceptable, para ceder lo más valioso, para dejarse llevar por las quimeras de líderes de pacotilla. El poder de los medios para provocar el shock es cada vez mayor, fundamentalmente tras el largo proceso de monopolización de la subjetividad global.

Eduardo Galeano también ha desarrollado este concepto. Según él, la cárcel de Guantánamo era muy efectiva en su función, que no era encarcelar terroristas, si no sembrar el terror. Cualquiera, por inocente que fuese, podía dar con sus huesos en la isla cubana. Así, Estados Unidos enviaba un mensaje aterrador a todos los activistas del mundo, a todas las personas que pudieran oponerse al accionar bélico del país del norte.

La llamada Guerra contra el terror encerraba una utilidad monetaria. Decenas de empresas norteamericanas lucraron y se beneficiaron de forma gigantesca con la guerra en sí misma, pero también con la usurpación posterior de los recursos naturales y convirtiéndose en sustitutos del Estado, llevando adelante la reconstrucción de las infraestructuras destruidas de los países víctimas de los ataques.

Pero para Bush esta guerra, además de una encomienda divina, era una solución para la recesión económica que vivía Estados Unidos. Él estaba convencido que sólo las guerras podían generar riqueza y progreso para su país, según revela la película de Oliver Stone “Al sur de la frontera”.

El 10 de septiembre de 2001 Donald Rumsfeld le declaró la guerra a lo que él denominaba “la burocracia del Pentágono” que no dejaba que el gobierno pudiera desarrollar sus planes expansionistas. Al día siguiente el Pentágono fue atacado por lo que las fuentes oficiales definieron como un avión, pero que se contradice con las versiones de los testigos, que aseguran no haber encontrado ningún resto de fuselaje, ni haber encontrado marcas de que el objeto que se incrustó contra el edificio tuviera alas.

Esa misma mañana las torres gemelas de Nueva York, o sea dos de los siete edificios del World Trade Center, se derrumbaron entre el estruendo de cientos de explosiones luego de haber soportado cada uno de los rascacielos el choque de una aeronave. La incógnita sobre las razones del derrumbe de un tercer edificio del WTC sigue sin ser respondida, ya que la versión oficial de un incendio es insustentable.

La manipulación que ejercen los medios es tremenda, ya sea creando víctimas o victimarios a título individual, como podríamos comprobar estudiando los métodos utilizados para tratar las informaciones alrededor del caso de la agresión sexual imputada y desimputada a Dominique Strauss-Kahn, o creando el terreno para una intervención militar sangrienta, como hemos visto en los casos de Libia y Costa de Marfil.

Otra utilización de esa maquinaria es la criminalización de la protesta social o la invisibilidad forzada de ciertas personas, grupos étnicos o estratos sociales. Los pobres sólo son noticia cuando la delincuencia aparece en escena o para lavar las culpas de la consciencia filistea, rasgándose las vestiduras por las víctimas inocentes de las masacres, hambrunas y desastres naturales provocados por los anunciantes y propietarios de los grandes medios informativos dominantes.

El 80 % de las informaciones producidas en el planeta proviene de un puñado de agencias de noticias que dictan la agenda global y legitiman o descalifican lo que puede ser definido como real. Este monopolio de la subjetividad no crea seres más libres, muy por el contrario genera sociedades dependientes, temerosas y crédulas.

Se quiere instalar el concepto de posverdad, que no es otra cosa que las mentiras que según Goebbels, a fuerza de repetición se convertían en verdades. Verdades aparentes, podríamos agregar, ya que solo cuenta la apariencia.

Tendrán lugar en Quito los Diálogos por una Internet ciudadana del 27 al 29 de septiembre, en la CIESPAL, un espacio donde se debatirán y se buscarán alternativas a la consolidación de un sistema de control y dominación en internet. Algunos conglomerados empresariales buscan apoderarse de la circulación de la información para apropiarse de la subjetividad de las masas. Depende del activismo colectivo que le pongamos límites a estas ansias de poder.

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