Migración Venezolana, cruzando los andes

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El número de migrantes venezolanos es creciente en la región. Algunos viajan en mejores condiciones, y quienes no, lo harán a pie. Pasando geografías y climas difíciles. En esta primera parte, conoceremos los testimonios de estos caminantes que atraviesan Colombia y Ecuador, y de quienes se encuentran en la frontera de Rumichaca. Todos salen de Venezuela con el deseo de vivir mejor.

Carlos E. Flores, Pichincha Universal – Los cuatro venezolanos que llegaron a Pichincha Universal compartían el mismo anhelo: trabajar y ayudar a sus familias. Llegaron a Quito caminando y tirando aventón, desde Cúcuta. En Quito, tomaron contacto con un paisano venezolano que les dio espacio en su casa. Se asearon, durmieron un poco, comieron. Pero, la ruta no concluía: hay que llegar a Lima.

Alexander Gil, Ricardo Castillo, Gregory Carvallo salieron los tres de Caracas, un 17 de junio. Con Marco Medina (Estado Portuguesa) se encontraron en la frontera, al día siguiente. Desde entonces, los cuatro hacen viaje a Lima. En Quito estuvieron el 03 de julio, lograron juntar algunos dólares que les sirvió para comprar un boleto hasta Huaquillas (frontera Ecuador – Perú). ¿De todas maneras irán caminando a Lima? Les pregunto. Ellos sonríen y decididamente responden: es lo que queremos. Allá hay trabajo. Me cuentan que algunos se quedarán en la capital, otros buscarán ciudades en el interior de Perú. Si van caminando desde Huaquillas es necesario que sepan que la costa norperuana es bastante árida, y hay algunos desiertos fuertes como Sechura o Huarmey, por citar algunos. De hecho, antes de llegar a Lima, hay dunas. Así les explico. Les hago un mapa a mano, y prestan atención.

Desde su salida en Cúcuta, hubo una oferta que les hizo encender las alertas. Estaban en un lugar llamado Santa Rosa (Colombia). Un hombre se les presentó diciendo que él cuenta con una finca. Si quieren trabajar conmigo les daré comida, hospedaje y 30 mil pesos diarios (unos 10 dólares), les dijo. La señora que les atendía les hizo un gesto, como de cuidado. El hombre les puso otra oferta: les pagaré 40 mil pesos diarios, más la comida, si se dedicaban al raspado de coca. Eso sí: lo esencial es que me entreguen sus documentos.

El hombre se va y la señora se acerca para advertirles que mejor se vayan, y pronto. “Ese hombre es de la guerrilla”, les dice. De repente, se estaciona un bus y aprovechan para subirse. “Váyanse, ya” reiteró la mujer. [Escucha parte de la entrevista]

El hombre les puso otra oferta: les pagaré 40 mil pesos diarios, más la comida, si se dedicaban al raspado de coca. Eso sí: lo esencial es que me entreguen sus documentos.

En la actualidad hay más de 343 mil venezolanos que llegaron a Ecuador entre enero y mayo del presente año. Una cifra que supera ampliamente al número de ingresos reportados en el 2017, que llegó a 287 mil. Estas cifras corresponden a ACNUR, las mismas que fueron recogidas por USAID en este reporte regional del 28 de junio. Muchos migrantes venezolanos tienen como destino final Perú, sobre todo Lima (capital). La motivación por mejorar sus condiciones de vida y la de sus familias les lleva a muchos a caminar largos kilómetros. Algunos mueren en el camino.

Giovanna Tipán, directora de la Unidad de Gestión de Movilidad Humana del Gobierno de Pichincha, viajó a Rumichaca (frontera Ecuador – Colombia). Ella nos cuenta que desde hace un par de años sus oficinas han recibido mayoritariamente población venezolana. Por esa razón hizo el viaje: para identificar el recorrido. “No todos van a llegar a Perú, sino que se van a quedar en Quito y van a ser usuarios de los servicios del Gobierno de Pichincha”. 

Las historias que aquí presentamos forman parte de este viaje que realizamos con Tipán, el 26 y 27 de junio pasados. Encontramos caminantes en vía El Juncal – Rumichaca. Conversamos con venezolanos ya instalados en Ecuador (Tabacundo) y quienes estando en Quito, ya buscaban nuevos horizontes en Perú. 

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A veces nos dan alojo y comida

Cruzando el puente El Juncal (la vía a Tulcán), a unos kilómetros, encontramos tres personas caminando, soportando el fuerte sol que en ese momento caía inclemente. Carla y Alexander son esposos y vienen del estado de Aragua (centro-norte de Venezuela). Han caminado desde Cúcuta (Colombia), donde se encuentra el puente internacional que los une con San Antonio de Táchira (Venezuela). La pareja viene con Alejandro que tiene 16 años, quien no tiene relación de parentesco con ellos. Él no habla mucho. Carla dice que salen de Venezuela por la condición dura que se vive. Yo tengo dos hijos, enfatiza.

A veces van tomando aventón en la vía. Otras caminan. A veces les alojan en una casa; otros, les dan comida. “Hay una infinidad de venezolanos caminando”, dice Carla. Ella nos conversa más, y agrega: mi familia sabe que estoy yendo a Perú, pero no que estoy caminando para llegar. “No de estas condiciones”, dice.

Kilómetros más arriba, dejando el calor y recibiendo el frío carchense, encontramos tres chamos con guantes naranjas. “Es para identificarnos”, aseguran. Los encontramos en San Gabriel, y se acercan pronto para conversar. Ellos son José López, 24 años, y Aníbal Cariamana, 28 años (Estado de Anzoátegui); y, Jesús Aponte, 19 años (Estado de Carabobo). Ya llevaban tres semanas caminando. José afirma que salió sano de su tierra, pero ahora cojea un poco porque tiene la rodilla lastimada. Él hace bolsos, es diseñador de modas.

Aníbal sabe que hay venezolanos que vienen a hacer problema, pero no todos son así, dice. Por uno no deberían pagar todos, afirman los tres. Aníbal trabajaba en un restaurante, pero con el tiempo cerró; al no encontrar trabajo se vio en la necesidad de salir del país. Nos dice que el lugar más complicado que tuvieron que pasar es Pamplona y un lugar que le llaman “La Nevera” (ambos en Colombia). Un frío fuerte. Aseguran que han visto a personas muertas abrazadas. Ellos tuvieron que quemar algunas ropas, aunque el frío no ayudaba a tener buen fuego. “Nos pusimos toda la ropa que teníamos”, dice alguno. José sentencia: el que no tiene buena condición física, muere en Pamplona.

Les dejamos en el camino. El día estaba oscuro y con la posibilidad de lluvia. Los tres quieren llegar a Perú y dormirán donde les coja la noche.

Llegamos a Rumichaca con un fuerte aguacero. El punto de migración en Ecuador estaba repleto de venezolanos. Vemos a algún funcionario de la OIM (Organización Internacional de Migraciones), quien no puede dar declaraciones sobre el asunto. Aprovechando la larga cola conversamos con los venezolanos. Hay algo de timidez y desconfianza al inicio, pero apenas uno se decide, otros llegan por su cuenta a hablar. Contar el viaje.

Pamplona y Berlín son lugares difíciles

Richard López viene del Estado Monagas, llevaba cuatro días caminando y es el primero de su familia que sale del país. Pasando la frontera, seguirá caminando, asegura. Eulises, por su parte, también caminó y tiró aventón. A sus 22 años tiene claro que quiere llegar a Perú, junto a su primo y a otras 15 personas más que vienen con él.  Esmíbar viene del Estado de Carabobo, y suspira al decir que Pamplona y Berlín son complicados. “Yo me puse morado”, dijo. Anderson Pérez también viene desde el mismo Estado y afirma que muchos venezolanos les han dicho que han visto gente que ha fallecido en Pamplona. Les da hipotermia y mueren, explica.

José Padilla se acerca y no cuenta su ruta. Él empieza pidiendo perdón, “desde el fondo de mi corazón”. Yo sé que hay venezolanos que “nos hacen ver mal”. Aprovecha la grabadora para agradecer a todos quienes ofrecen ayuda. Además, pide que las normas migratorias se flexibilicen, y él es de las pocas personas que sí quiere echar raíces en Ecuador. Todos los demás entrevistados tienen como meta llegar a Perú. José es Técnico Superior de Administración, pero si se trata de trabajar “a mí no me importa limpiar un baño”.

Rumichaca, el martes 26 de junio, estaba abarrotada. La fuerte lluvia obligó la instalación de carpas. Un funcionario que no quiso ser grabado ni fotografiado nos dijo que el lunes 25 y el domingo 24 de junio hubo un corte de luz en el lado ecuatoriano. La situación hizo que muchas personas pasaran la noche hasta que se restablezca el servicio eléctrico. «No se pueden hacer ingresos de manera manual, todo debe ser digitalizado», nos dijo. Y, agregó: hubo un promedio de 3500 personas, principalmente, de Venezuela

En medio del frío y la lluvia, un grupo de hermanas franciscanas llegaron esa noche desde Ipiales (Colombia) para ofrecer algo de agua caliente y pan. Madres y padres con sus hijos pugnaban por tener un poco de alimento. Algunos, solo esperaban que baje la lluvia y emprender camino. Otros, esperaban a sus familiares y conocidos que pronto llegarían. 

Te invitamos a escuchar los testimonios desde la frontera. [Recomendamos usar audífonos]

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